La noche estrellada

De todas las pinturas sobre las que he escrito (incluyendo mis trabajos en la carrera), esta es la que ha causado más conflicto en mi mente. Por un lado, me encanta esta pintura, por razones estéticas y por razones personales. Por otro lado, está en todos lados. La he visto en calcetines, calendarios, distorsionada en camisetas, hecha drama en películas y series, descuartizada en rompecabezas, utilizada como emblema por personas que fingen empatía por una enfermedad (pero que cometen los mismos errores con sus contemporáneos) … ¿Quién no conoce La noche estrellada? ¿Qué puedo aportar a la conversación? ¿Qué tengo que decir yo, Sofi, que no hayan dicho ya personas mucho más preparadas y astutas? Después de reflexionar, mi respuesta es que, como mucho en el arte y la literatura, no hay que enfocarse en el qué decir, sino en el cómo decirlo.

Es en este momento en el que admito que tengo pésima memoria – imagínense un pez que se descubre todos los días en el espejo-, pero no creo que sea completamente necesario recordar las fechas específicas, los nombres exactos o el precio hasta los últimos centavos para lograr entender— o sea, sentir— la pintura. Creo que acercarse a la pintura significa que, cuando se encuentren con una obra clásica como esta, vean un telescopio, una fotografía y un espejo, y no solamente una imagen que ha sido terriblemente explotada por nuestro sistema económico.  Por ello, muchas veces, cuando me pregunto cómo explicar una obra, me imagino que estoy escribiendo para alguien que no puede verla. Describir es una cosa, pero, ¿de qué manera puedo comunicar el sentimiento, el poder que contiene una pintura? Este análisis es solo un pequeño intento.

Dicho esto, ¿nos sumergimos en una noche estrellada?

La noche estrellada, Vincent van Gogh, 1889, óleo sobre lienzo, 73.7 x 92.1 cm, Museo de Arte Moderno, Nueva York.

Van Gogh escribió muchas cartas a su hermano, Theo Van Gogh. En este fragmento [1] de una carta de junio de 1888 no está hablando de La noche estrellada, pero creo que nos da una idea del modo en que Van Gogh navegaba por el mundo: por medio de los colores, de los sentimientos y de la pintura.

La noche estrellada se siente como el mar. Como estar parado a la orilla del mar, sumergido hasta las rodillas, cerrar los ojos y sentir que la cálida marea atrae al cuerpo hacia el abismo y luego lo regresa a tierra, a salvo. Se siente como un flujo, como un balanceo, como un ir y venir. Esta curiosa sensación se debe, en gran parte, a la manera en que fue representado el cielo, y a las pinceladas utilizadas. En la pintura tenemos en primer plano, a la izquierda, a dos cipreses que se estiran desde la parte inferior de la composición a la superior. Detrás de los árboles, encontramos un pequeño pueblo y unas colinas ondulantes en el horizonte. El punto central del pueblo es la aguja de una iglesia que domina sobre el resto de los edificios, de los cuales podemos ver los techos y algunas ventanas iluminadas. Finalmente, extendiéndose sobre todo este paisaje: el espectáculo cósmico que da nombre a la obra. Once estrellas de enormes dimensiones perforan el cielo nocturno con su luz, dos espirales nebulosas se enroscan una con otra al centro de la composición y, en la esquina superior derecha, una luna tan brillante que podría confundirse con el sol.

Observemos aquí el movimiento. Nos desplazamos con nuestros ojos: vamos arriba, vamos abajo, vamos de regreso. Luego, se repite en una segunda nebulosa. La dirección de las nebulosas, así como el hecho de que sean dos, hace que la pintura tenga un movimiento de izquierda a derecha, a pesar de que las estrellas se vean como puntos fijos en el firmamento.
Van Gogh le escribió a su hermano, en junio de 1888: Yo confieso no saber por qué será, pero siempre la vista de las estrellas me hace soñar, tan simplemente como me impulsan a soñar los puntos negros que representan en el mapa las ciudades y lugares. ¿Por qué, me pregunto, los puntos luminosos del firmamento nos serían menos accesibles que los puntos negros en el mapa de Francia?

Las pinceladas que utilizó Van Gogh son muy visibles y distintivas, algo característico del movimiento al que pertenece, el Postimpresionismo, nacido a finales del siglo XIX. La textura y la energía que crean estas pinceladas me parece algo maravilloso. Si observamos atentamente, notaremos que hay dos tipos de líneas: por un lado, curvas ondulantes de trazo continuo, como en el caso de los cipreses, y, por otro lado, rayas quebradas, mucho más cortas, como en el caso de los techos de las casas o dentro de las colinas.

He dicho anteriormente que me encanta cuando una pintura parece una pintura, es decir, cuando podemos apreciar la consistencia espesa y aceitosa del óleo sobre el lienzo. Me parece que es una forma en la que un artista- en este caso, los postimpresionistas y Van Gogh- puede decir: “miren, sientan, esto no quiere ser una copia de la realidad, esta es mi realidad, esto es lo que amo”. ¡Y vaya que Van Gogh amaba la pintura! Entre comer y pintar, Van Gogh usualmente elegía lo segundo, contentándose con alcohol barato y un trozo de pan. Incluso dentro de las peores tormentas ocasionadas por su enfermedad- algo de lo cual mi gatita Mia platicará en otra ocasión-, su mayor preocupación era poder regresar a trabajar, incluso si sus cuadros no se vendían, incluso si las críticas eran negativas. Por supuesto, Van Gogh estaba constantemente preocupado por su falta de dinero, pero se debía a su culpa por no poder pagarle a su hermano, quien se ocupaba de todos sus gastos.

Autorretrato, Vincent Van Gogh, 1889, óleo sobre lienzo, 65 x 54 cm, Museo de Orsay, Francia.

Regresando a la textura, si fuéramos a tocar La noche estrellada— antes de ser brutalmente tacleados por aproximadamente 55 encargados de seguridad— me imagino que sería como tocar el tronco de un árbol. Así como en El panel de los leones hablamos de tocar la roca, imaginen ahora que sienten la textura ligeramente rugosa de un tronco, que sus dedos sienten algunas fisuras largas y retorcidas, así como a veces se siente la vida, y que al avanzar por la composición se encuentran algunas más cortas, como oraciones que quisimos decir, pero nunca logramos terminar. Por hacer una comparación, si esta pintura se siente como un tronco vivo, el cuadro El matrimonio Arnolfini (1434) de Jan van Eyck, del que hablé en el podcast, se siente como una mesa de madera perfectamente pulida y cuidada.

Aquí podemos apreciar el estilo de las pinceladas, comparando la obra con El matrimonio Arnolfini. En el candelabro de Van Eyck las pinceladas parecen desaparecer, como si el artista nunca hubiera estado ahí, mientras que en la luna de Van Gogh podemos apreciar cada movimiento del artista.

No podemos hablar de Van Gogh sin hablar del color. Van Gogh se alejó del naturalismo impresionista y sus limitaciones, pues él no quería reproducir exactamente lo que tenía delante de los ojos, sino utilizar el color para expresarse con más fuerza[2] : lo transformó en un soporte de la expresión individual. Por ello, no lo podemos analizar de manera completamente objetiva, porque Van Gogh creó una nueva realidad, completamente artística, en la que el color es una experiencia puramente subjetiva. (¿Y no es eso extraordinario?) En el cuadro, la mayoría de los colores son fríos: tenemos verde, lila y muchos, muchos tonos de azul, y todos ellos surgieron de uno de los momentos de calma suprema en los que llegó a caer el autor. Por ello, si tuviera que describir el color de manera subjetiva, diría que La noche estrellada se siente como escapar de una fiesta para tomar un respiro. Como huir de las estridentes luces, de la gente bailando, chocando, del olor de la comida y el cigarro pegados a la piel. Se siente como salir al patio, cerrar los ojos, escuchar a los grillos y las chicharras, sentir una gentil brisa fría que refresca la cara, y al fin, al fin, suspirar. Esa es mi experiencia. ¿Ustedes cómo describirían los colores fríos de esta noche estrellada?

Sin embargo, entre todos estos colores fríos tenemos el amarillo brillante y cálido de las estrellas, la luna, y las ventanas iluminadas. Van Gogh creía profundamente en la complementariedad cromática, es decir, que hay colores que hacen pareja, “se completan como marido y mujer”[3] . Los colores opuestos, como explican en el maravilloso canal Dialogues, raccontare l’Arte, pueden simbolizar la posibilidad de que el yo interior salga de sí y se encuentre, en armonía, con lo que hay afuera, con la naturaleza, con las demás personas. Por otro lado, los colores en la pintura podrían ser interpretados como fuerzas que luchan entre sí, o como ese diminuto anhelo humano de querer tocar las estrellas, su ansia de infinito, encontrándose con el poderío y la indiferencia del cosmos[4]. Pensando en esto, a veces me parece que los poetas y los pintores son solo personas que se atreven a decir lo que todos estamos pensando. ¿No buscamos todos no sentirnos tan solos? Sin escapar de la realidad, ¿cómo la volvemos comprensible, tangible? ¿Cómo hacemos nuestro un universo que puede llegar a ser tan formidable, tan hostil?

Los orbes, los cuerpos celestes, pueden representar la circularidad del cosmos que nos atrae y nos absorbe. Kant dice, en Crítica de la razón práctica (1977): “Dos cosas llenan mi ánimo de creciente admiración y respeto a medida que pienso y profundizo en ellas: el cielo estrellado sobre mí y la ley moral dentro de mí”. En este cuadro, el cielo estrellado sobre nosotros es la ley moral en nosotros. Y la ley moral en nosotros, dice Kant, nos hace entender que hay una dimensión que no podemos entender: lo eterno.

Para terminar, les compartiré mi traducción de uno de mis poemas favoritos, El infinito (1826), de Giacomo Leopardi, el cual es mencionado también en el canal de Dialogues y que me parece perfecto para comprender La noche estrellada. En este poema, un seto impide la vista del autor, lo que despierta su imaginación de espacios infinitos, tal como los cipreses en la pintura de Van Gogh. Uno pensaría que serían los espacios abiertos, desde los que es posible mirar a lo lejos, los que despierten la curiosidad sobre el infinito, pero en este caso la clave está en reconocer que hay barreras en nuestro conocimiento, que no todo lo que existe será reconocible por nuestros ojos. Después de todo, hay más cosas en el cielo y la tierra, Horacio, que las que sospecha tu filosofía [5].

El Infinito

Siempre querido me fue este solitario cerro,

y este seto, que de tanto espacio

del último horizonte la mirada excluye.

Pero, sentado y contemplando,

en mi mente interminables espacios más allá del seto imagino,

 y sobrehumanos silencios,

y una hondísima quietud, tanto que por un tiempo

el corazón no tiene miedo. Y como el viento

escucho rugir entre la espesura, comparo

ese infinito silencio con este susurro:

 y me viene a la mente lo eterno,

y las estaciones muertas, y la actual

y viva, y su música. Así, entre esta

inmensidad se ahoga mi pensamiento:

y el naufragar me es dulce en este mar.


¡Muchísimas gracias si lograron llegar al final de este mega análisis! ♡


[1] Van Gogh, Vincent. Cartas a Théo. Trad. Francisco de Oraa, 1999.

[2] Idem.

[3] Idem.

Recomiendo muchísimo que lean sus cartas si tienen tiempo ❀

[4] L’opera del lunedì, la notte stellata di Vincent Van Gogh, https://www.youtube.com/watch?v=jdWPEjcK70g&t=924s.

[5] Hamlet, Acto 1, Escena 5

La traducción del poema es mía, pueden leer el original aquí: https://www.libriantichionline.com/divagazioni/giacomo_leopardi_canto_xii_infinito


2 comentarios sobre “La noche estrellada

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